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¿Cómo cuidar la microbiota?

Flora intestinal

¡Mictobiota es la palabra de moda! Pero nuestras madres ya sabían de que iba todo esto, sólo que hace unas pocas décadas se la llamaba “flora intestinal”.

Hemos mejorado un poco, porque eso de flora era muy inexacto dado que el interior de los intestinos no está tapizado con helechos ni con musgo verde, ¡afortunadamente!

La microbiota no son vegetales, no son flora, sino microorganismos, mayoritariamente bacterias, que habitan sobre el epitelio de nuestro intestino. Hablamos de unos 100 billones de organismos de, literalmente, miles de especies diferentes que en conjunto pesan unos 200 gramos. Es decir, del peso que marca nuestra báscula, 200 gramos son de microbiota y el resto “nuestro”. Por cierto, 100 billones son más que células tiene “nuestro” cuerpo. Son cifras impresionantes.

¿Y por qué ponemos nuestro entre paréntesis? Porque es imposible separarnos de la micrbiota, estos organismos son nosotros. Tal cual. Los biólogos hablan de situaciones de simbiosis, situaciones en las que dos organismos cooperan para beneficiarse ambos; a veces es una cooperación tan estrecha que es imposible entender los organismos por separado. Por ejemplo, los líquenes son una simbiosis entre un hongo y un alga, si uno de ellos no está, el líquen deja de existir. Lo mismo sucede si perdiéramos esta población de microorganismos.

¿Sabes que al aparato digestivo se le llama coloquialmente en el ámbito científico el segundo cerebro?

Esto es porque el tracto digestivo está muy inervado, hasta el punto de funcionar como un verdadero cerebro. Un cerebro muy visceral, cierto, pero un cerebro subordinado al cerebro principal y sobre el cual puede influir. ¿Nunca has notado un nudo en la boca del estómago?, ¿no has hecho de tripas corazón? Un breve trabajo introspectivo nos confirma que lo que sucede en nuestro intestino afecta al resto del cuerpo. Vale, un ejemplo menos sentimental; en esta simbiosis con la microbiota hay bacterias que producen nutrientes esenciales para el ser humano, nutrientes que “nuestras” células no son capaces de producir por sí mismas y deben tomar de otras fuentes, si no de los alimentos, de estas bacterias.

 

¿De dónde procede la microbiota?

Estas bacterias provienen de la madre. Durante la gestación el feto vive en un ambiente completamente estéril, pero en el momento del parto se expone por vez primera a la microbiota vaginal, la cual empezará a colonizar su intestino. Si tiene la suerte de alimentarse de leche materna, nuevas bacterias buscarán su sitio. La tercera ola la iniciarán los microorganismos que habitan en los alimentos. Sin embargo, esta última oleada sucede mucho más lentamente y las garantías de éxito son mucho menores porque las bacterias deben sobrevivir a un viaje a través de boca, esófago y estómago antes de llegar a su destino final. Es lógico, igual que hay bacterias deseadas por sus efectos beneficiosos, otras son nocivas y pueden causar enfermedades así que las condiciones fisiológicas en boca y estómago son extremadamente drásticas. Pocas sobreviven y, además, cuando llegan al intestino aún deben competir con los microorganismos nativos para ocupar un espacio. No se lo ponen fácil, suelen ser poblaciones transitorias.

Cuidar la microbiota es un trabajo de décadas y la mayor parte de esta labor estuvo en manos de las decisiones que nuestra madre y familia tomaron en su día desde el instante en que vinimos al mundo. A ello debemos añadirle todos los años de alimentación sólida que acumulamos a nuestra espalda.

¿Significa esto que ya nada podemos hacer? En absoluto se puede hacer mucho con los nutrientes que les aportemos. El ejemplo más sencillo es imaginando estamos tomando un antibiótico. Estos compuestos son muy efectivos (generalmente) contra infecciones bacterianas, pero, lógicamente, también causan una destrucción masiva de nuestra microbiota. En esta situación de debilidad podrían aparecer oportunistas capaces de invadir nuestro intestino y desplazar a la población autóctona. ¡Qué irónico! Batallar contra una infección a costa de facilitar otra; es ello una de las razones por las que las autoridades sanitarias insisten en no automedicarse, no abusar de ellos y cumplir fielmente las instrucciones del médico.

Sin recurrir al ejemplo de los antibióticos, nuestra dieta actual rica en lípidos y azúcares también modifica la microbiota intestinal y explica en parte la brusca aparición de enfermedades crónicas como la diabetes tipo 2, la obesidad y las enfermedades intestinales inflamatorias.

¿Nunca te has preguntado si acaso en la actualidad mucha gente sufre de intolerancias y problemas digestivos? Una microbiota afectada podría estar detrás de algunas de estas situaciones.

Por el contrario, una alimentación rica en carbohidratos “fácilmente accesibles” como los que abundan en los cereales integrales, las verduras y en los alimentos fermentados es una garantía de mantener una microbiota saludable.

¿Te suenan los probióticos? Estos alimentos son idóneos para nutrir saludablemente a estos microorganismos. Y es curioso recordar que algunos de estos nutrientes no son aprovechables por “nosotros” en su forma inicial, pero sí cuando han sido utilizados por nuestros hospedados.

En Lev disponemos del suplemento Pro Pre B, un suplemento basado en los probióticos y prebióticos que ayudarán en la digestión y el buen funcionamiento del intestino, reforzarán tu sistema inmunológico, te ayudarán con la perdida de peso, y facilitará problemas digestivos. Además, es apto para personas con intolerancia a la lactosa.

 

En resumen, estamos ante un proyecto a muy largo plazo; pero igual que hacemos un plan financiero para disfrutar de una jubilación cómoda, el cuidado de nuestra salud intestinal debemos considerarlo como un trabajo que durará toda nuestra vida. Literalmente.

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