Cómo afecta el estrés a la pérdida de peso

El estrés es un sentimiento de tensión que suele aparecer en situaciones capaces de desencadenar episodios de frustración o nervios. Cuando estas situaciones son puntuales lo más frecuente es sufrir episodios de estrés agudos, es decir, una sensación que tan pronto como aparece, se va. Por el contrario, cuando estos episodios se prolongan en el tiempo, especialmente cuando vemos que los problemas no dejan de golpearnos, estaríamos ante una situación de estrés crónico.

 

¿Qué significa estar estresado?

Brevemente, es estar alerta de manera que el cuerpo se prepare para manejar estas situaciones complicadas: los músculos se contraen y el pulso cardiaco se eleva. ¡Esto es muy curioso! Y lo es porque a corto plazo estas respuestas fisiológicas son beneficiosas. El problema surge cuando el estrés es ya crónico, y a veces es muy complicado darse cuenta de ello, aunque muy probablemente estemos en tensión continua. Sí, incluso con nuestros músculos en tensión y listos para embestir a todo lo que se nos ponga por delante.

Pero cuando estamos viviendo bajo estos niveles de estrés hay muchos más efectos en nuestro cuerpo. Quizá hayas notado algunos; como problemas en la piel, cansancio, dolores de cabeza, malestar estomacal o desajustes menstruales. ¡Esto último también es muy interesante porque es la clave para entender mejor como el estrés afecta a nuestro peso!

Como todas sabemos bien, el periodo menstrual está muy regulado por nuestras hormonas; entonces, si hay un desajuste menstrual, ¡es porque ha habido un desajuste hormonal!

 

¿Cómo un sentimiento, aunque sea de estrés, puede provocar tales efectos?

Porque el cerebro está muy conectado con el resto de nuestro cuerpo para poder recibir toda la información posible y actuar en consecuencia y esta comunicación es tan delicada como una cumbre diplomática entre países. Cada país sería un órgano, y, al igual que en estas cumbres, cada órgano habla su “idioma”, por lo que el cerebro debe recurrir a un mecanismo que sea capaz de traducir lo que cada órgano le está diciendo, pero también de poder comunicarse con dichos órganos.

Esta comunicación la realizan las hormonas, unos mensajeros químicos que actúan como enlaces entre el cerebro y el resto de órganos del cuerpo. A su vez, estas hormonas se relacionan entre sí para formar el sistema endocrino. El sistema endocrino es un delicado sistema de intercomunicación químico donde los niveles de una hormona afectan al de otras; y el cerebro actuando sobre todo este vaivén de señales, emitiendo las suyas y recibiendo nueva información.

Entonces, si estamos estresados el cerebro tiene que lidiar con una situación de tensión que, por supuesto traslada al resto de órganos del cuerpo, y viceversa. Por todo esto, no es ninguna sorpresa entender ahora que el estrés afecte a nuestro peso tan drásticamente. Y, ¿cómo?

De ambas maneras; habrá quien observe que pierde peso y habrá quien observe lo contrario; incluso alguna se habrá encontrado con que alterna episodios de ganancia de peso seguidos de otros donde lo pierde. Todas estas situaciones son normales y suceden, como acabamos de aprender, por culpa de desajustes hormonales.

Por ejemplo, en situaciones de pérdida acusada de peso el estrés se debe a un desajuste de una hormona conocida como adrenalina, o epinefrina. Un incremento de esta hormona sucede en situaciones donde lo que “el cuerpo nos pide” es huir, alejarnos de ese entorno de peligro. Precisamente, este chute de adrenalina provoca que el corazón lata más deprisa y los pulmones aceleren el ritmo de respiración; así que la sangre se enriquece en azúcar, que es el combustible necesario para que el cuerpo pueda ejercer sus funciones. En resumen, pérdida de peso porque estamos quemando calorías aceleradamente en respuesta a esta tensión.

Por el contrario, la ganancia de peso se debe a otra hormona, el cortisol, o cortisona. Si lo que sucede durante este ambiente de estrés crónico es un incremento de cortisol, el hígado libera a la sangre sus reservas energéticas en forma de azúcar y ácidos grasos, pero estos necesarios nutrientes no son utilizados y se reacumulan, por lo que al final observaremos como la grasa se empieza a acumular en la zona abdominal. Por supuesto, el cortisol también afecta al sistema inmune, deprimiéndolo o, dicho más coloquialmente, “bajando las defensas”, o a cómo los intestinos absorben los nutrientes de los alimentos que comemos, empeorando la absorción y por eso son tan frecuentes los síntomas de indigestión y malestar estomacal.

Como vemos, el estrés es más que un simple sentimiento; es un desencadenante de desequilibrios muy complejos en nuestro cuerpo, lo que se traduce en un funcionamiento anómalo, tanto más cuanto más prolongado sea este estrés.

Por ello, ninguna pauta de alimentación estará completa sin una adecuada tranquilidad y buena salud mental. Cuidarnos es una tarea a realizar a todos los niveles porque éstos están completamente relacionados entre sí.

 

 

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